Tras la lluvia, comienza la espera:
El impacto en las cerezas del Maule se conocerá en las próximas semanas
- Jueves 8 de octubre de 2026
- 08:37 hrs
Las precipitaciones llegaron cuando gran parte de los cerezos está en cuaja, una etapa decisiva para la temporada. En los campos ya se refuerzan aplicaciones contra hongos y se reorganizan faenas, mientras productores observan diferencias entre variedades. Los especialistas llaman a la cautela: todavía es temprano para hablar de pérdidas.
En los campos de San Clemente y Villa Alegre, la preocupación no termina cuando deja de llover. Después de cada sistema frontal comienza otra tarea: recorrer los cuarteles, mirar los árboles y observar cómo responde una fruta que atraviesa una de las etapas más sensibles de la temporada.
Tomás Vial, productor de Agrovial, trabaja entre ambas comunas, varias hectáreas destinadas a cerezos. Santina, Lapins, Regina, Kordia y Skeena forman parte de las variedades presentes en sus campos y no todas enfrentaron las últimas precipitaciones en el mismo momento de desarrollo.
En las más adelantadas, donde el fruto ya está cuajando, las cargas se observan ajustadas. En las posteriores todavía es demasiado temprano para realizar una evaluación. Entre las preocupaciones aparecen una polinización más débil y diferencias entre variedades e incluso entre distintos cuarteles.
Son primeras señales, pero todavía no permiten establecer cuánto responde a las últimas precipitaciones ni proyectar una caída de la producción.

Una lluvia en un momento clave
La mayoría de los cerezos del Maule se encuentra actualmente en cuaja y algunos todavía están terminando su floración, explica Miguel Palma, líder de la Unidad del Cerezo del Centro de Pomáceas de la Universidad de Talca.
Es una etapa determinante: aquí se define cuántas flores lograrán convertirse en frutos y comienza la formación de sus células.
Para los árboles que todavía están en floración, las precipitaciones dificultan el vuelo de las abejas y la transferencia de polen. Si la lluvia llega acompañada de fuertes vientos o granizo, también puede provocar desprendimiento de flores.
Durante la cuaja, en tanto, la combinación de precipitaciones y bajas temperaturas puede ralentizar los procesos metabólicos del árbol. “Durante la cuaja, las lluvias y bajas temperaturas ralentizan los procesos metabólicos”, explica Palma, condición que puede generar una asincronía en el desarrollo y eventualmente derivar en abortos frutales.
Hay, sin embargo, un riesgo habitualmente asociado a las lluvias sobre las cerezas que todavía no aparece como la principal amenaza: la partidura. Según el especialista, la mayoría de los huertos del Maule aún no alcanza el nivel de madurez en que las precipitaciones pueden provocar este problema.

La lluvia pasa, la humedad permanece
En el campo, uno de los efectos más inmediatos está ocurriendo incluso antes de saber si habrá consecuencias sobre la producción.
Un agricultor de la zona, que solicitó mantener su identidad bajo reserva, explica que las lluvias consecutivas obligan a reforzar los manejos preventivos. “Cuando vienen estas lluvias más seguidas y después sale el sol, son las condiciones ideales para formación de hongos”, señala.
Eso significa aumentar las aplicaciones de fungicidas. En terrenos pesados o arcillosos aparece además una dificultad práctica: aunque deje de llover, la maquinaria puede tardar en volver a ingresar al campo.

La preocupación tiene respaldo técnico. Palma explica que la permanencia de alta humedad, especialmente cuando después llegan temperaturas mayores, genera condiciones favorables para la multiplicación de hongos.
Botritis y Monilinia se encuentran entre las enfermedades que pueden afectar flores o frutos durante este período. Y combatirlas requiere oportunidad: las aplicaciones fungicidas pueden ser efectivas, pero nuevas precipitaciones y períodos prolongados de humedad vuelven a elevar el riesgo. La lluvia, entonces, puede terminar antes que sus efectos sobre el manejo del huerto.
No son solo los milímetros
Patricio González, agroclimatólogo de la Universidad de Talca, plantea que para comprender lo que ocurre esta primavera no basta con observar cuánta agua ha caído. Para la fruticultura importa la combinación.
Precipitaciones, humedad elevada, nubosidad, temperaturas relativamente bajas, viento y eventuales granizos coinciden con una etapa especialmente sensible para los cultivos.
La nubosidad persistente disminuye la radiación disponible y las bajas temperaturas ralentizan la acumulación de calor necesaria para el desarrollo de las plantas. La humedad, en tanto, incrementa el riesgo de enfermedades, especialmente si posteriormente aumentan las temperaturas. Pero los efectos tampoco son iguales en todas partes.
Un episodio de granizo puede afectar un sector y dejar otro cercano prácticamente intacto. Las propias diferencias entre variedades y estados de desarrollo hacen difícil trasladar lo observado en un campo al conjunto de la producción regional.
Por eso, la preocupación existe, pero todavía no permite hablar de un daño generalizado.
El mayor temor: el granizo
Las precipitaciones también alteran el funcionamiento cotidiano de los predios. Durante los días de lluvia se suspenden determinadas faenas y, cuando las condiciones permiten retomarlas, puede ser necesario aumentar temporalmente la cantidad de trabajadores para recuperar los atrasos.
El agricultor que pidió reserva de identidad no considera que las lluvias primaverales sean desconocidas para la zona. Sí observa que esta temporada han ocurrido de manera más seguida y destaca que los pronósticos permiten hoy anticiparse mejor. Hay algo, sin embargo, frente a lo cual existe mucho menos margen. “Lo que me da más miedo de las lluvias de esta fecha son los granizos”, reconoce.
A diferencia de otros riesgos que pueden enfrentarse mediante manejo sanitario, una granizada puede producir daño físico directo sobre flores y frutos y hacerlo, además, de manera altamente localizada.
Las respuestas pueden tardar semanas
Aunque mañana dejara de llover, todavía no sería posible hacer un balance definitivo. Según Miguel Palma, los síntomas de algunas enfermedades pueden manifestarse entre cinco y siete días después de una infección. Los eventuales abortos frutales asociados a bajas temperaturas durante la cuaja pueden tardar todavía más: entre 20 y 30 días después de la plena floración. Es decir, una parte de la respuesta de los árboles aún no es visible.
Durante las próximas semanas los productores deberán observar cómo evoluciona la cuaja, si aparecen enfermedades y cómo continúa el desarrollo de cada variedad. Eso explica también por qué en campos como los de Tomás Vial algunas variedades ya permiten hacer una primera lectura, mientras en otras cualquier conclusión sería prematura.
Riesgo no es lo mismo que pérdida
La pregunta inevitable es cuánto de todo esto terminará repercutiendo en la cosecha 2026-2027. Por ahora, no existe una respuesta. “Aún es temprano para cuantificar las pérdidas”, sostiene Palma.
Si los productores realizan aplicaciones oportunas y mantienen un adecuado manejo de los árboles, explica, el impacto podría ser mínimo. El escenario se volvería más complejo si las precipitaciones persistieran durante la primavera y alcanzaran a la fruta en estados de mayor madurez y acumulación de azúcares.
Recién entonces aumentaría considerablemente el riesgo de partiduras, pudriciones y fruta que no cumpla con las condiciones necesarias para cosecha y exportación.

Actualmente, según Palma, son muy pocos los huertos del Maule que se encuentran en ese nivel de madurez y riesgo. Por eso, las precipitaciones de estos días todavía no permiten proyectar cuánto producirá la región ni qué ocurrirá con la calidad de la fruta.
En San Clemente y Villa Alegre, esa respuesta sigue estando en los árboles. Las variedades más adelantadas comienzan a mostrar cómo resultó la cuaja. En las demás habrá que esperar.
La lluvia ya cayó. Saber cuánto dejó realmente en las cerezas del Maule tomará bastante más tiempo.
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